lunes, 5 de agosto de 2013

Esta es la historia de una princesa.
Ella fue desterrada de su castillo, pues éste se derrumbó.
Lo derrumbó el príncipe que la pretendía,
cuando se dio cuenta de que nuestra princesa no lo amaba, ni lo haría.

Descargando su furia en uno de los pilares, hizo el castillo volar.
Dejando sola de padres a la princesa sin par.
Y la princesa se fue, a buscar otro castillo
Con su libélula al hombro, con el corazón herido.

Los monarcas de los reinos, que le ofrecieron asilo
Rechazados uno a uno, fueron con todo y anillo.
Y la princesa siguió andando,
subiendo, bajando.

Hasta que llegó nuestra princesa a lo más alto del mundo
Con sus pasos detrás suyo, tras haber marcado el rumbo.
Encontró un castillo roto, hogar de muchas historias
Hogar de las tardes tristes y las calurosas glorias.

Perteneciente al castillo la princesa se sabía,
pero llamó a la puerta y nadie le respondía.
La puerta se abrió sin nadie detrás de ella,
Sola en el gran castillo estaba nuestra doncella.

Sola se supo ella durante cincuenta días
Y otras tantas madrugadas particularmente frías.
Escuchaba insomne en noches el chocar de las espadas,
los cascos de los caballos bajo noches estrelladas.

Ésa noche fue especial, la princesa fue curiosa;
la princesa abrió la puerta, ya de nada temerosa.
Y pudo verlo, al que siempre estuvo ahí, atento
confundió su aletear con el sonido del viento.

Era aquel que estaba siempre al otro lado del muro
con quien la princesa hablaba, del pasado y el futuro.
El dragón de alas negras, el dragón imaginario
el dragón de aquellos sueños, en aquel escenario.

La princesa estupefacta caminó muy lentamente
hacia el dragón añorado, con el corazón latente.
Y se amaron, como lo hacían sin saberlo
Se amaron, tanto como la vida les dejó hacerlo.












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